De princesa Penélope a mujer real: cómo la moda me enseñó a comunicarme.

De princesa Penélope a mujer real: cómo la moda me enseñó a comunicarme.

por María Eugenia Viera 


Cuando era
niña, tenía un cuento favorito que leía una y otra vez. Se llamaba “Los 365 vestidos de la princesa Penélope”, y trataba sobre una princesa que tenía un vestido distinto para cada día del año. Lo que más me fascinaba no era la cantidad de ropa, sino cómo cada vestido parecía contar algo distinto de ella: uno la hacía valiente, otro soñadora, otro divertida. Cada mañana, al abrir su ropero, Penélope no solo elegía qué ponerse, sino también cómo quería sentirse y qué quería decirle al mundo.

Con el tiempo entendí que eso que hacía Penélope no era exclusivo de los cuentos. En la vida real, también elegimos todos los días qué versión de nosotros queremos mostrar. Porque vestirse no es solo cubrir el cuerpo: es hablar sin palabras. Es expresar una emoción, una memoria, un deseo o incluso una forma de resistencia.

Desde que tengo memoria, la ropa ha sido una forma de juego, de consuelo y de identidad. Recuerdo tardes enteras frente al espejo probándome los vestidos de mi abuela Piru (modista y absolutamente coqueta) , sintiendo que, por un momento, podía ser tan elegante, tan fuerte, tan segura como ella. No se trataba solo de imitarla, sino de explorar quién podía ser yo dentro de esa tela que me quedaba enorme pero me hacía soñar.

Con los años, entendí que la moda no era una superficie vacía, sino un reflejo de lo que nos pasa por dentro. Hay días en los que me visto de colores vivos porque necesito energía, otros en los que elijo algo suave porque me siento vulnerable. Hay prendas que se vuelven amuletos: ese buzo que me abrigó el día que logré algo importante, esetapado heredado que me hace sentir parte de una historia más grande.

Mi estilo ha cambiado muchas veces, como he cambiado yo. Pero siempre ha habido un hilo invisible que conecta lo que llevo puesto con lo que siento. A veces, incluso antes de poder ponerlo en palabras, mi ropa habla por mí.

Vestirse, para mí, siempre fue una forma de hablar sin necesidad de abrir la boca. Es un lenguaje silencioso pero muy poderoso, que usamos todos los días, aún sin darnos cuenta. No hace falta estar en una pasarela para comunicar algo con la ropa; alcanza con salir a la calle.

Un jean gastado puede decir “hoy quiero pasar desapercibida”. Un labial rojo puede ser un grito suave de “acá estoy”. Una chalina que alguien nos regaló puede hablarnos de amor, aunque no la llevemos para abrigarnos. Hay personas que se visten como si cada día fuera una declaración; otras que lo hacen con una sencillez que también dice mucho.

Me gusta pensar que la moda es un lenguaje con miles de dialectos: hay quienes lo hablan con fluidez, otros con timidez, otros con rebeldía. Lo hermoso es que no hay una única forma correcta de “hablar moda”. Cada uno se expresa desde su historia, su contexto, su cuerpo, su deseo.

Y aunque muchos digan que “la ropa no importa”, lo cierto es que sí importa. Porque lo que nos ponemos nos ayuda a decir cosas cuando las palabras no alcanzan: que estamos celebrando, que queremos pertenecer… o que preferimos no hacerlo.

Durante mucho tiempo, la moda fue tratada —y aún lo es— como algo frívolo, superficial, casi un pasatiempo vano reservado para quienes “no tienen problemas reales”. Me he cruzado con esa mirada muchas veces, y confieso que durante un tiempo llegué a dudar de si amar la moda era algo que debía esconder o justificar.

Pero con los años, y con cada prenda que elegí con conciencia, entendí que no hay nada frívolo en algo que nos atraviesa todos los días. La ropa nos cubre cuando estamos rotos, nos transforma cuando queremos animarnos a más, nos permite ser alguien distinto —o más nosotros mismos— por unas horas. ¿Qué tiene eso de superficial?

La moda, en realidad, es profundamente humana. Habla de épocas, de luchas, de cultura, de identidad. Es política, es memoria, es lenguaje. Pensar en ella solo como algo decorativo es perderse todo lo que tiene para decirnos. Despreciarla es, muchas veces, una forma disfrazada de clasismo o de misoginia: porque durante siglos fueron las mujeres, los cuerpos diversos, las culturas no hegemónicas quienes usaron la moda como espacio de expresión y libertad.

No, la moda no es frívola. Frívolo sería no ver la historia, la emoción y la potencia que hay detrás de cada prenda.

Una de las cosas más lindas que descubrí a través de la moda es que también puede ser un puente. A veces, una prenda nos hace hablar con alguien con quien nunca hubiéramos cruzado palabra. Un vestido que llama la atención en una fiesta, un abrigo heredado que despierta una historia, un par de zapatos que despierta admiración o complicidad.

Me ha pasado que alguien me sonría en la calle por un sombrero rojo que me animé a usar, o que una conversación profunda empezara con algo tan simple como “¡me encanta tu vestido!”. Porque sí: a veces una prenda es el principio de un diálogo, una invitación sutil a conectar.

La moda, aunque personal, también es colectiva. Nos permite jugar, reconocernos, identificarnos. Es un lenguaje íntimo, pero no solitario. A través de ella, muchas veces nos contamos a los demás… y les damos permiso para acercarse.

Hoy, muchos años después, sigo pensando en la princesa Penélope y sus 365 vestidos. Pero ya no como un juego de niña, sino como una metáfora preciosa de lo que hacemos todos los días: elegir, desde lo que llevamos puesto, cómo queremos habitar el mundo.

No necesito un vestido distinto para cada día —aunque a veces los sueñe todos juntos en un gran vestidor —, pero sí sigo creyendo que vestirse es una forma de narrarse. De decir sin decir. De ponerle palabras al cuerpo. De contarle al otro quién soy hoy, sin tener que explicarlo todo.

Porque cada prenda que elijo —ya sea por amor, por comodidad, por costumbre o por deseo— está cargada de sentido. Porque la moda, lejos de ser un accesorio superficial, es parte de nuestra identidad viva, cambiante, poderosa. Y porque no hay nada más humano que vestirnos con lo que somos, con lo que sentimos, con lo que anhelamos.

Tal vez por eso sigo amando la moda con la misma ternura de cuando era niña y tenía esas polleras, chalinas, pañuelos, lentes, tacos y accesorios que solo me permitían usarlos dentro de mi casa y tenía que abandonarlos con dolor cada vez que tenía que salir al mundo. Porque entendí que no se trata solo de lo que se ve, sino de todo lo que hay detrás: las historias, los afectos, las decisiones, las ganas de conectar.

Y en ese sentido, creo que todos —aunque no lo sepamos— llevamos un poquito de Penélope

                             
Regresar al blog

Deja un comentario